La Fiaca

lunes, 1 de febrero de 2010
En los 60, La fiaca de Ricardo Talesnik denunciaba en clave de comedia el sometimiento que el mundo del trabajo ejerce sobre la libertad del hombre. La composición que con fuertes trazos de grotesco hacía Norman Briski del empleado que un lunes decidió no ir a la oficina porque tenía fiaca y estaba harto de la rutina mal paga, resultaba una sátira cuya eficacia convirtió el texto en un éxito mundial. Aquí se había estrenado en 1967 con dirección de Carlos Gorostiza y dos años después se llevó al cine con el mismo Briski y dirección de Fernando Ayala.

Pero casi medio siglo después, el género reclamaba una radicalización de su significado equivalente a las formas más refinadas y perversas que alcanzó el mundo del trabajo como moderna forma de esclavitud. Con acertado criterio, el autor y la directora Valeria Ambrosio encontraron en el musical un lenguaje que si en apariencia aligera el drama, en realidad se apropia del juego perverso de la realidad que denuncia. Las escenas resueltas coreográficamente consiguen una síntesis dramática a veces más potente que el diálogo. Y la música aporta color y volumen a la descripción de una urbe que es a un tiempo casa, guarida y prisión.

Si bien en la función estreno se advirtieron algunos desajustes técnicos, el elenco respondió con sincronía y cada intérprete encontró un perfil y un registro propio de comicidad. La obra alterna situaciones realistas con rupturas de la lógica tanto en las actuaciones como en los cambios espaciales y de escenografía. La cama matrimonial es el único elemento real de la utilería, en tanto la cocina, el baño o la oficina alternan lo bidimensional de la historieta con la arbitrariedad del juego o la inmaterialidad temible de la pesadilla o la locura.

Elena Roger como la esposa perpleja frente a la rebeldía inhabitual de su marido pone en juego su encanto natural de actriz y cantante a la vez que hace rendir la comunicación que establece con Diego Reinhold, algo ya demostrado acabadamente en Mina... che cosa sei?, también bajo la dirección de Ambrosio.

En cuanto a Reinhold, su protagónico confirma que es un actor, cantante y bailarín de recursos originalísimos. La escena con Peto Menahem, el timorato compañero de oficina a quien termina contagiando su libertad, es —por sólo poner un ejemplo— de una creatividad desopilante. No parece exagerado evocar la genialidad de un Buster Keaton cuando Reinhold conjuga con naturalidad una fisonomía y una gestualidad discretas, casi frágiles, y un despliegue de ideas actorales definitivamente exuberante.

Por Olga Cosentino
Fuente: diario “Clarín”
Más información: www.clarin.com.ar

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