Rodolfo Walsh

miércoles, 23 de diciembre de 2009




Rionegrino, nacido el 9 de enero de 1927, en Lamarque, (el cual al momento de nacer y hasta 1942, llevó el nombre de “Pueblo Nuevo de la Colonia de Choele Choel”). Hijo de Miguel Esteban Walsh y Dora Gil, ambos de ascendencia irlandesa, fue y es para muchos el mejor ejemplo de intelectual comprometido y ético que ha dado la Argentina en los últimos 50 años, un modelo a imitar no sólo por su compromiso con la verdad, sino también por su valentía como periodista, investigador, escritor, crítico y militante revolucionario.



A los 17 años comenzó a trabajar en la Editorial Hachette como traductor y corrector de pruebas, y a los 20, comenzó a publicar sus primeros textos periodísticos. Más adelante, en 1950, conoció a Elina Tejerina en la Facultad de Filosofía y Letras y ella fue la madre de sus dos únicas hijas. La Plata fue el lugar que eligieron para vivir y criar a María Victoria y Patricia. En 1953 publicó su primer libro: “Variaciones en rojo”.Viajó a través de su profesión por el mundo y realizó proyectos periodísticos de gran importancia en la América latina de los 60-70. Su obra recorre especialmente el género policial, periodístico y testimonial, con admirables obras como Operación Masacre y ¿Quién mató a Rosendo? Walsh fue una mezcla increíble de periodista comprometido y excelente narrador.



En 1970, militó en el Peronismo de Base, hasta que en 1973 decide unirse a la organización político-militar Montoneros. En estos años, enseñó periodismo en villas miseria y editó el “Semanario Villero”. En Montoneros ingresa con el grado de Oficial 2° y el alias de Esteban. Crea un sector del departamento de informaciones del cual será responsable. También integra el equipo que funda el diario “Noticias”, órgano de prensa que presentaba los puntos de vista de su organización del cual se convierte en redactor. Walsh no sólo hacía periodismo, aunque algunos busquen acotarlo a esa etiqueta ocultando su rol de militante popular. Era también un destacado escritor que supo mezclar la ficción aplicándola a la realidad. En el mundo de las academias de periodismo se enseñaba la obra de Truman Capote, «A sangre fría» (1966) como la primer novela periodística, inaugurando un género que sería explotado de ahí en más.





Pero esto fue producto de entregarle el premio a un escritor de un país central. Sin quitarle méritos a Capote, en los últimos años y en el mundo entero, «Operación Masacre» es aceptada como la primer obra en su género y Walsh como fundador del mismo, y camino que seguiría transitando en trabajos como «¿Quién mató a Rosendo?» o «El caso Satanowsky».En Cuba fundó la agencia Prensa Latina junto con su colega y compatriota Jorge Mascetti. Había decidido que no sería nunca más un simple observador privilegiado del mundo, sino que quería formar parte activamente de él: como jefe de Servicios Especiales en el Departamento de Informaciones de Prensa Latina, usó sus conocimientos de criptógrafo aficionado para descubrir, a través de unos cables comerciales, la invasión a Bahía de Cochinos, instrumentada por la CIA. El 25 de marzo de 1977 un pelotón especializado emboscó a Rodolfo Walsh en calles de Buenos Aires con el objetivo de aprehenderlo vivo.

Walsh, militante revolucionario, se resistió, hirió y fue herido a su vez de muerte. Su cuerpo nunca apareció. El día anterior había escrito lo que sería su última palabra pública: la Carta Abierta a la Junta Militar.



OPERACIÓN MASACRE  (escuchar en el reproductor)




Capítulo 23: La matanza  

...Ha llegado el momento. Lo señala un diálogo breve, impresionante.
–¿Qué nos van a hacer? –pregunta uno.
–¡Camine para adelante! –le responden.
–¡Nosotros somos inocentes! –gritan varios.
–No tengan miedo –les contestan–. No les vamos a hacer nada. ¡NO LES VAMOS A HACER NADA!
Los vigilantes los arrean hacia el basural como a un rebaño aterrorizado. La camioneta se detiene, alumbrándolos con los faros. Los prisioneros parecen flotar en un lago vivísimo de luz. Rodríguez Moreno baja, pistola en mano.
A partir de ese instante el relato se fragmenta, estalla en doce o trece nódulos de pánico.
–Disparemos, Carranza –dice Gavino–. Yo creo que nos matan. Carranza sabe que es cierto. Pero una remotísima esperanza de estar equivocado lo mantiene caminando.
–Quedémonos... –murmura–. Si disparamos, tiran seguro. Giunta camina a los tumbos, mirando hacia atrás, un brazo a la altura de la frente para protegerse del destello que lo encandila.
Livraga se va abriendo hacia la izquierda, sigilosamente. Paso a paso. Viste de negro. De pronto, lo que parece un milagro: los reflectores dejan de molestarlo. Ha salido del campo luminoso. Está solo y casi invisible en la obscuridad. Diez metros más adelante se adivina una zanja. Si puede llegar... La tricota de Brión brilla, casi incandescente de blanca.
En el carro de asalto Troxler está sentado con las manos apoyadas en las rodillas y el cuerpo echado hacia adelante.
Mira de soslayo a los dos vigilantes que custodian la puerta más cercana. Va a saltar...
Frente a él Benavídez tiene en vista la otra puerta.
Carlitos, azorado, sólo atina a musitar:
–Pero, cómo... ¿Así nos matan?
Abajo Vicente Rodríguez camina pesadamente por el terreno accidentado y desconocido. Livraga está a cinco metros de la zanja. Don Horacio, que fue el primero en bajar, también ha logrado abrirse un poco en la dirección opuesta.
–¡Alto! –ordena una voz.
Algunos se paran. Otros avanzan todavía unos pasos. Los vigilantes, en cambio, empiezan a retroceder, tomando distancia, y llevan la mano al cerrojo de los máuseres.
Livraga no mira hacia atrás, pero oye el golpe de la manivela.
Ya no hay tiempo para llegar a la zanja. Va a tirarse al suelo.
–¡De frente y codo con codo! –grita Rodríguez Moreno. Carranza se da vuelta, con el rostro desencajado. Se pone de rodillas frente al pelotón.
–Por mis hijos... –solloza–. Por mis hi...
Un vómito violento le corta la súplica.
En el camión Troxler ha tendido la flecha de su cuerpo. Casi toca las rodillas con la mandíbula.
–¡Ahora! –aulla y salta hacia los dos vigilantes.
Con una mano aferra cada fusil. Y ahora son ellos los que temen, los que imploran:
–¡Las armas no, señor! ¡Las armas no!







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