Mitos de la Posmodernidad

sábado, 17 de octubre de 2009
La era posmoderna, pese a asistir a la decadencia de las certezas y cuestionar los  sistemas de creencias de la modernidad –razón, progreso, revolución-, se ha convertido en una etapa pródiga en la generación  de  mitos.  Reciclados  o  reinventados, aunque lejos de desempeñar el papel central que tenían en las sociedades tradicionales, y despojados  de  su  halo  sagrado,  los  mitos  posmodernos aparecen como verdades verosímiles y absolutas, fruto de la supremacía de los medios de comunicación.

En la posmodernidad, los mitos aparecen como ideas articuladas en forma de verdades absolutas e incuestionables. Si en las sociedades  primitivas  eran  modelos ejemplares  y  universales  acerca  de historias  sagradas  cuyos  actos  eran imitados por los hombres, con la modernidad los mitos han extinguido esa aureola sagrada, aunque no ha desa- parecido, pues su esencia es conservada dentro del inconsciente colectivo de la humanidad. Más aún, la era posmoderna, caracterizada por un furor desmitificante, es paradójicamente pródiga en mitos: pese a la caída de los  grandes  relatos  y  utopías,  se  renuevan los mitos de la temporalidad –la eterna juventud, el eterno retorno, el mito de la aceleración en pos de vencer al tiempo- y aparecen nuevos metarrelatos  asociados  a  la  cultura tecnológica: el del hombre y su rechazo del cuerpo en pos de habitar el espacio  virtual,  el  de  la  metamorfosis maquínica en la búsqueda de la in- mortalidad, el del hombre como herramienta de la tecnología. Los mitos posmodernos de la globalización, del fin de las ideologías, del progreso in- definido de la sociedad de la información y de la libertad en un mundo de control social aparecen, en fin, como metarrelatos que sustentan al pensamiento hegemónico, único, imperan- te en el nuevo orden mundial.

En las sociedades primitivas, los mitos representaban el fundamento de la vida social y de la cultura, y constituían un modelo ejemplar de comportamiento  humano.  En  aquel  tiempo primordial, referían historias sagradas cuyos  actos  eran  imitados  por  los hombres. Estas historias, conservadas en imágenes dentro del inconsciente colectivo de la humanidad, han sido sin duda la puerta de acceso a los aspectos más profundos y complejos del espíritu  humano:  sus  temores,  sus miedos,  sus  fantasías  y  sus  esperanzas.

A su vez, los personajes míticos en las sociedades arcaicas eran seres sobrenaturales,  investidos  de  un  aura primordial que los transformaba en arquetipos. Gilgamesh, el héroe persa, aterrorizado por la muerte, recurrió a la búsqueda de la planta de la inmortalidad para intentar liberarse del des- tino  irreversible  del  hombre.  Ulises realizó el clásico periplo del héroe, su viaje iniciático y su retorno finalístico, impulsado por el terror a los misterios infranqueables del mar. Fue el temor a lo sagrado lo que motivó el viaje de Perceval a las tierras yermas del Rey Pescador  en  busca  de  un  encuentro revelador ( Del Johnny .2000) (Eliade Mircea eliado.1961)

Según  Mircea,  el  mito  no  refería una historia particular, privativa,  personal.  Sólo  podía  constituirse  como tal en la medida en que revelaba la existencia y la actividad de los seres sobrehumanos comportándose de una manera ejemplar. En efecto, la ejemplaridad  y  la  universalidad  han  sido las  dimensiones  constitutivas  de  los mitos.

En las sociedades modernas, desacralizadas y laicizadas, los mitos han ido extinguiendo esa aureola sagrada. Reformulados,  actualizados,  templa- dos al calor de una nueva era, los mitos  sobrevivieron  en  la  modernidad, aunque lejos de desempeñar el papel central que tenían en las sociedades tradicionales.
Comparados  con  éstas,  el  mundo moderno pareció desprovisto de mitos:  “Laicizados,  degradados,  camuflados, los mitos y las imágenes míticas se reencuentran por todas partes: sólo es cuestión de reconocerlos –dice Mircea Eliade 1961 - (...) Es evidente que ciertas fiestas -profanas en apariencia-  del  mundo  moderno,  han conservado su estructura y su función míticas: los júbilos del Año Nuevo, o las fiestas que siguen al nacimiento de un niño, descifran la nostalgia de la renovatio,  la  necesidad  de  un  recomienzo absoluto, la esperanza de que el mundo se renueva. Cualquiera sea la distancia que exista entre esos júbilos profanos y su arquetipo mítico –la repetición  periódica  de  la  Creación, el mito del Eterno Retorno- no es menos evidente que el hombre moderno ha  experimentado  la  necesidad  de reactualizar periódicamente tales escenarios, por desacralizados que hayan sido”.

Si en las sociedades arcaicas el mito era la única revelación válida de la realidad, a lo largo de la modernidad significó todo cuanto se oponía a ella. Si se tiene en cuenta que en la experiencia  individual,  el  mito  incide  en los sueños y las fantasías del hombre y en las zonas oscuras de la psiquis, se estima que no desaparece jamás de la actualidad  psíquica:  cambia  de  aspecto  y  disimula  sus  funciones.  He aquí el camouflage de los mitos, tanto en el nivel individual como en el social. Por lo tanto, tal cual lo manifestó el filósofo italiano Giambattista Vico, es un error suponer que la civilización comienza cuando se desecha el mito. La vida humana, la sociedad y la civilización  siempre  necesitarán  de  mi- tos, aunque se trate –como en el caso de la modernidad- de mitos como los de  la  ciencia  y  el  progreso  (Polaco, Moris 2003) .

Asistimos  hoy,  en  la  posmodernidad, a una aparente contradicción: en una época caracterizada por un furor desmitificante,  y  por  someter  y  desmenuzar todo a un análisis exhaustivo, parece sin embargo ser el tiempo en que se sustentan la mayor cantidad de mitos. Pese a la caída de los grandes  relatos,  como  el  marxismo  o  la idea  de  progreso,  el  ideario  posmoderno  –fruto  de  la  relatividad  ética instaurada  por  la  supremacía  de  los medios de comunicación, y producto ejemplar  de  un  tiempo  sin  modelos globales-  paradójicamente  sostiene una abundante reinvención de mitos: “el de la eterna juventud, el de comer determinados alimentos que tienen la clave del bienestar, el de que no hay que perderse nada, el de la aceleración. Es el paso de los mitos de la espacialidad a los de la temporalidad” (Cao, José Luis.1998).

A su vez, las tecnologías no sólo no han desterrado los mitos de la humanidad; antes bien, han aportado nue- vas alegorías de la cultura tecnológica, dando lugar a una variedad de tecnomitos: el del hombre tecnológico y su rechazo del cuerpo en pos de habitar el espacio virtual, el de la metamorfosis  maquínica  en  la  búsqueda de la inmortalidad, el del hombre como herramienta de la tecnología, vale decir, el hombre convertido en la herramienta de su propia herramienta.

Del mito del fin de las ideologías al mito de la libertad -en un mundo de control  social-,  del  espiritualismo New Age a la preponderancia absoluta del hibridante “todo vale” ideológico-cultural, la posmodernidad parece pródiga  en  sostener  la  sentencia  de Roland Barthes: “todos somos descifradores,  creadores  y  consumidores de mitos”.

TEMPORALIDAD Y DURACIÓN

El hombre de las sociedades arcaicas, al imitar los actos ejemplares de sus dioses o héroes, o simplemente refiriendo sus aventuras, alcanzaba mágicamente el Gran Tiempo –el tiempo sagrado- desligándose del tiempo profano. El hombre moderno también se ha esforzado por salir de su historia y vivir un ritmo temporal diferente. Para Mircea Eliade (1961), el espectáculo y la lectura constituyen las dos vías de evasión del tiempo elegidas en la modernidad: “la lectura obtiene, más aún que el espectáculo, una ruptura de la duración  y,  a  la  vez,  una  salida  del tiempo  (...)  que  le  han  permitido  al hombre la ilusión de un dominio del tiempo en el que tenemos el derecho de sospechar un secreto deseo de sustracción  al  devenir  implacable  que lleva a la muerte”. Vale decir, en las sociedades tradicionales, el trabajo, la guerra, los oficios, el amor, se desenvolvían en un tiempo sagrado, porque reproducían modelos míticos. 
Al volver a vivir lo que los dioses habían vivido  en  el  Tiempo  primordial,  esas existencias  eran  ricas  en  significado. Pero con la desacralización del trabajo  en  la  modernidad,  el  hombre  se siente  prisionero  de  su  oficio,  por cuanto no puede ya escapar al Tiempo. “Es por eso que se esfuerza por salir del Tiempo en sus horas libres, de donde el número vertiginoso de distracciones inventadas por las civilizaciones    modernas”    (Eliade,    Mir- cea.1961)

La  posmodernidad  exacerbará  esa tendencia, de la mano de las tecnologías  y  los  medios  de  comunicación, que a su vez instaurarán el paradigma de la aceleración: realidades virtuales, comunicaciones instantáneas, vehículos vertiginosos. Corresponde a la era del deslizamiento, del zapping, de las primicias, de la histeria y el nerviosismo absoluto por abarcar el todo, por hacer y contemplar lo que crea, por consumir y producir hechos, tecnologías y signos.

Es en la posmodernidad donde se incrementan los mitos de la cantidad por sobre los de la cualidad: ocurre con el sexo, la comunicación, el conocimiento, las relaciones interpersonales,  el  entretenimiento,  los  intercambios, la información. A su vez, los mitos de la abundancia generan la ilusión de detener el tiempo: la acumulación  (de  bienes,  de  tecnología,  de signos) actúa como un simulacro de perpetuación  del  tiempo  presente, una argucia para diferir el futuro de manera eterna.

Saturno, el dios del tiempo huidizo, el más anciano de los dioses romanos, devoraba a sus hijos, simbolizando la necesidad  que  experimentó  el  hombre de todas las épocas de poner su vida a salvo del tiempo, que todo lo destruye y transforma en olvido. El mito  de  la  repetición  periódica  de  la Creación, con su certeza de un recomienzo  absoluto,  de  una  regeneración y renovación total, soslaya la recuperación  periódica  de  un  tiempo primordial. A su vez, el mito del paraíso perdido “sobrevive en las imágenes de  la  isla  paradisíaca  y  del  paisaje edénico: territorio privilegiado donde las  leyes  están  abolidas,  donde  el tiempo   se   detiene”   (Eliade,   Mircea.1961).

El vértigo y la ansiedad del hombre en  su  lucha  contra  el  tiempo  se  ha vuelto  una  cuestión  casi  patológica. Como afirma Jean Baudrillard, en éste siglo volvemos a ser milenaristas: queremos la perpetuidad inmediata de la existencia, exactamente como los medievales querían el paraíso en tiempo real,  el  Reino  de  Dios  en  la Tierra. “Efectivamente, se trata del establecimiento de una inmortalidad de la especie en tiempo real (...) queremos su realización  inmediata”  (Baudrillard, Jean.1979).

Los avances de la ingeniería genética y los trabajos sobre técnicas de clonación  han  reactualizado  los  presupuestos planteados en la Edad Media en torno a la inmortalidad y la resurrección de los cuerpos. El mito de la longevidad humana –los relatos bíblicos aluden a seres de edades descomunalmente prolongadas- ha cobrado un formidable impulso en el siglo XXI: volverse inmortal, aquí y ahora, volverse materia imperecedera. Diferir o perpetuar su existencia, detener todos los relojes, vencer al tiempo, diseñar la propia durabilidad. El hombre contemporáneo, en su afán por quebrar la homogeneidad del tiempo y salir de la duración, crea y recrea nuevos mitos, “como  el  mito  científico  de  que  el hombre  puede  contra  la  naturaleza. Podrá  contra  ciertas  manifestaciones de ella, pero no puede contra la naturaleza con mayúsculas que, en tanto azar, se le sustrae”(Cao, José Luis.1998)  .

La  plasmación  del  mito de Frankenstein –en el siglo XIX- como crítica a la omnipotencia científica y sus inéditos e insondables efectos, renueva permanentemente la carga de temor y ansiedad que habita en la imaginación colectiva, al reactualizar el tema de la imposición técnica sobre  el  hombre.  Puede  hallarse  en esto una cierta parábola con respecto a la moda actual de las cirugías estéticas: la idea de derrotar al tiempo y a la naturaleza, la actitud divina de modificar  a  voluntad  el  mandato  de  la Creación. “Somos libres –afirma Beatriz  Sarlo  (1994)  cada  vez  seremos más libres para diseñar nuestro propio cuerpo (...) Hoy la cirugía, mañana la genética,  vuelven  o  volverán  reales todos los sueños (...) Hoy la juventud es más prestigiosa que nunca, como conviene a culturas que han pasado por la desestabilización de los principios jerárquicos (...) Así, la juventud es un territorio en el que todos quieren vivir eternamente”.

En el Fausto, en las viejas leyendas hindúes acerca de yoguis capaces de alcanzar inconcebibles edades o acaso obtener la inmortalidad, en los textos  tradicionales  sobre  alquimia  -en donde la transmutación de la materia operaba idéntica conversión sobre la conciencia del experimentador, quien alcanzaba el estado de juventud eterna por medio de la piedra filosofal- en las  prácticas  de  ciertos  chamanes  a través del ascesis y la meditación, hasta la profusión actual de ciertas drogas o sustancias que actúan sobre determinadas células para diferir o retardar el envejecimiento, el mito de la eterna juventud ha logrado ocultar una situación de vacío existencial en relación con el futuro, al destino incierto y angustiante de la humanidad.

El tiempo que valora el paradigma de la posmodernidad es el presente, el aquí y ahora. Entre la urgencia por diferir el futuro y una cierta pérdida de  la  historicidad  –originada  por  la vorágine  de  la  información  y  los acontecimientos y la imposible adaptación  del  organismo  humano  a  las velocidades del nuevo sistema mundial- el hombre posmoderno es incapaz de procesar la historia misma, como así también de plantearse una espera  permanente,  inquieta,  de  un tiempo venidero liberado del mal, tal como el hombre medieval -inspirado en  el  Apocalipsis-  soñaba  con  que, después de las tribulaciones, comenzaría a vivir un lapso de paz. El hombre  contemporáneo  convive  sin  ese proyecto finalístico, porque han sido extinguidas  las  ‘obligaciones  hacia Dios’, y aun hacia el prójimo. “Ahistoricidad, velocidad y fallecimiento de la crítica. La experiencia del tiempo es la de un presente sin pasado ni futuro. Experiencia sin protección, es la llamada  esquizofrenia  del  hombre contemporáneo”(Jameson,  A  Frederic.1992).

De  ahí  el  mito  –posmoderno-  del fin de la historia, comprendida por los pensadores de la nueva era como el fin del proyecto moderno, es decir, de la historia entendida como portadora de un sentido en el que estaba embarcada toda la humanidad. La concepción posmoderna de la historia enfatiza  en  la  tolerancia  y  en  la  premisa fundamental de que su sentido no es universal ni direccional (Alppini Alfredo) .

A finales de los años ochenta, el mito  fue  retomado  –aunque  en  una concepción  totalmente  antagónica- por Francis Fukuyama en su polémico y publicitado libro “El fin de la historia y el último hombre”: allí, el autor sostenía  que  la  democracia  liberal constituiría “el punto final de la evoución ideológica de la humanidad” y la “forma final de gobierno”. Apólogo del capitalismo vigente –sus ideas surgen  en  el  seno  mismo  del  Departamento de Estado norteamericano- Fukuyama sostuvo que la historia ha llegado a su fin debido a que la democracia liberal, basada en la economía de mercado, ha probado ser la mejor solución al problema humano. La historia ha determinado ya que no existen  conflictos  ideológicos  a  la  vista, tras la caída del socialismo (Santacreu María José).
Representante del liberalismo y, por lo tanto, uno de los resabios  de  la  modernidad  burguesa,  el autor afirma que el surgimiento del último  hombre  –el  hombre  liberal- constituye el fin hacia el que se dirigen  todas  las  sociedades.  Este  hombre, al encontrarse satisfecho con su modo  de  vida,  no  tendría  causas  ni prejuicios por las que arriesgarse en lucha, su vida es “una vida de seguridad  física  y  abundancia  material” (Alppini Alfredo) .

Los  pensadores  posmodernos  han criticado  esta  concepción  unitaria  y direccional de la historia, reivindicando la existencia de múltiples sujetos y culturas  que  reclaman  sus  derechos, que habían sido reprimidos por la modernidad  occidental.  Por  otra  parte, en la visión escéptica de Jean Baudrillard (1994), la  historia “no tendrá fin puesto que sus restos –la Iglesia, el comunismo,  la  democracia,  las  etnias, los conflictos, las ideologías- son indefinidamente reciclables (...) Nada de lo que se creía superado por la historia  ha  desaparecido  realmente, todo está ahí, dispuesto a resurgir, todas las formas arcaicas y anacrónicas”.

ZONCERAS DEL NUEVO ORDEN

Si en las sociedades arcaicas los mitos eran modelos ejemplares y universales acerca de historias sagradas cuyos actos eran imitados por los hombres, en la Era de la Información aparecen como ideas que se nos presentan como verdades absolutas, verosímiles e incuestionables.

Hacia fines de los años setenta, el filósofo francés Jean-Francois Lyotard, en su crítica a la modernidad y a sus utopías y mitos –como la razón y la confianza  en  el  progreso-  proponía acabar con la Revolución por tratarse de  una  “idea  minúscula”.  Su  teoría contenía el germen de la idea de decadencia de los grandes relatos universales  y  absolutos  de  la  modernidad. Las ideas humanistas heredadas del siglo XIX y asociadas a la modernidad (Progreso, Razón, Revolución y Emancipación) parecían desvanecerse a instancias del nuevo mundo tecnologizado y fragmentado. La lógica positivista  y  cientificista  pasaba  a  ser cuestionada, y “la mayor parte de las presuposiciones  históricas  y  filosóficas que forjaron la ciencia social decimonónica, y en particular el marxismo, fueron acusadas de haber querido contarnos cosas muy interesantes que, en realidad, no eran viables (...) El problema no reside en el hecho de que el progreso o sus sustitutos con- temporáneos no sean buenos o dignos de  luchar  por  ellos:  simplemente  ya no  hay  cabida  para  ningún  tipo  de causa; el mundo material que hemos construido no les da cabida (...) En las sociedades plurales contemporáneas, la verdad y la razón no son sino quimeras” (Lopez Arellano, José.2000).

Como consecuencia de esto, cobra vida el mito posmoderno del fin de las ideologías, entendido como la decadencia de las ideologías totalizadoras y de los sistemas sociales estructurados alrededor de metalenguajes como Patria, Honor, Civismo, Familia y Progreso. En la sociedad posmoderna reina la indiferencia de masa, “ya ninguna ideología política –asegura Gilles Lipovetzky (1986) - es capaz de entu- siasmar a las masas, la sociedad posmoderna no tiene ni ídolo ni tabú, ni tan solo imagen gloriosa de sí misma, ningún  proyecto  histórico  movilizador, estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia ni Apocalipsis”. En lugar de aquellas ideologías totalizantes y absolutas han surgido redes de comunidades  conectadas  por  identidades  propias,  con  intereses  miniaturizados, capaces de generar sus propias modalidades de expresión.

Pero aquella indiferencia laxa, inocua –a la que aludía Lipovetzky- parece funcional al orden capitalista imperante, a la ideología consumista ya que, como lo expresa el mismo autor, “el capitalismo encuentra en la indiferencia una condición ideal para su experimentación”.
Paradójicamente –o no- el liberalismo y la ciencia son los esquemas histórico-filosóficos del siglo XIX que todavía gozan de cierto prestigio dentro de la parafernalia ideológica posmoderna. Arturo Jauretche, poeta, escritor y periodista argentino, en su “Manual de Zonceras argentinas”, refería precisamente con el término zoncera –un vocablo más familiar en la América hispana que en la propia España, y que equivale a tontería, insulsez o falta de gracia y de viveza- a los “principios  introducidos  en  nuestra  formación intelectual con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas  por  la  simple  aplicación  del buen sentido (...) Basta detenerse un instante  en  su  análisis  para  que  la zoncera  resulte  obvia,  pero  ocurre que  lo  obvio  pasa  con  frecuencia inadvertido,  precisamente  por  serlo-” (Jauretche, Arturo. 1980).

En  el  mismo  sentido  jauretcheano aparece hoy el mito de la globalización, repetido de manera incuestionable, y que forma parte del paisaje posmoderno  y  constituye  el  sentido  común de la época. Hija dilecta de la ideología  del  fin  de  las  ideologías –acaso otra zoncera- la globalización constituye la “colonización del espacio mundial por las mitologías de los poderosos (Al aludir a mitologías en este  contexto  pensamos  en  aquellos discursos cerrados que son presentados como objetivos) (...) El pensamiento global, el pensamiento planetario, tal vez no sea más que una nueva metástasis del discurso de la racionalidad occidental,  empapado  de  presunta objetividad y etnocentrismo” (Llorensi Cerda, Francesc y Tenutto Marta Alicia.2000).  En  sí  misma,  la  ideología de la globalización tiene que ver con la sustitución de las fronteras geopolíticas por las del consumo tecnológico: el mito se refiere a la globalización económica como el único modo de mejorar la calidad de vida en los países  más  atrasados,  y  ha  sido  alimentado y amplificado con voracidad por un neoliberalismo triunfante tras la caída del socialismo hacia fines de los años ochenta.

Para algunos autores, la globalización es la ideología engendrada por el capitalismo  tardío  para  inmovilizar por  completo  cualquier  intento  de cambiar  la  sociedad,  neutralizando los  particularismos  –y  los  ideales emancipatorios que éstos contienen- en función de una falsa opción homogénea y universal. Esta ideología neoliberal pretende sostener la abolición del  Estado  mediante  la  totalización del mercado, a través de la misión de las corporaciones transnacionales, cada vez más interrelacionadas, opacas al público y ligadas, a su vez, a los Estados más poderosos. Desde ese punto de vista, la globalización es sinónimo de privatización global del Poder  (Rabadán Fernández, Eliseo).

Del seno de esta zoncera de la globalización  –emplazada  como  mito- han  surgido  otras  nuevas  que  reafirman  su  fundamento  ideológico:  una de ellas es la del advenimiento de la sociedad post-industrial. El argumento de esta zoncera es ocultar las verdaderas estrategias y objetivos de los poseedores del capital y del control de las  instituciones  políticas,  al  afirmar que  “vivimos  en  una  sociedad  del ocio donde la información y el saber son  lo  necesario  para  mantener  una estructura de servicios en la que la industria  como  motor  económico  ha dejado de ser fundamental” (Rabadán Fernández,  Eliseo).  Si  bien  es  cierto que en la nueva era se han originado evidentes  cambios  en  los  modos  de producción  a  raíz  de  la  revolución tecnológica  de  fines  de  siglo,  no  es menos  evidente  que  sigue  habiendo un tejido industrial que es factor clave del poder económico de Europa, Japón y los Estados Unidos. El mito es funcional  a  la  ideología  del  pensamiento hegemónico y a las premisas del neoliberalismo de las corporaciones multinacionales: capital especulativo, crecimiento sostenido y, por ende,  fortalecimiento  de  la  calidad  de vida de los países que tienen el control  hegemónico  de  las  empresas transnacionales,  dominantes  en  los mercados de los países periféricos.

Otra  de  las  zonceras  asociadas  a aquella de la globalización es la de la economía social de mercado, la que cobró  dimensión  a  lo  largo  de  los años  noventa  como  paradigma  de equilibrio y justicia: consistió en hacer  ver  a  la  opinión  pública  que  el mercado y sus gestores –las multinacionales- son los que proveerán el soporte material necesario para una sociedad efectivamente democrática, en la que la igualdad de oportunidades permita ejercer la libertad y la soberanía  individual  y  social.  La  estrategia del libre mercado ha hecho que los países centrales –en especial, Estados Unidos-  controlen  sus  productos  y vulneren los de los países competidores, y concentren sus esfuerzos en socavar  economías,  incorporar  nuevos activos y manipular con maniobras de intervenciones políticas o incluso militares.  Vale  decir,  otra  herramienta servil  a  la  hegemonía  corporativa USA.

Los gurúes neoliberales del mundo desarrollado  alimentan  el  mito  del progreso indefinido de la sociedad de la información. Este mito –por cierto también otra zoncera, hija de aquella de la sociedad post-industrial- induce a pensar que sólo sobrevivirá la Nueva  Economía  apoyada  en  el  manejo de transacciones de información, en detrimento de la producción real. En el  nuevo  modo  de  producción,  la fuente de productividad estriba, según Manuel Castells, en la tecnología de la  generación  de  conocimiento,  el procesamiento de la información y la comunicación  de  símbolos.  Pero  es indudable que mucho del envoltorio con  el  que  se  presentan  las  nuevas tecnologías  están  marcadas  a  fuego por las técnicas de marketing que se mezclan  con  el  nuevo  credo  de  los tecnofílicos  contemporáneos (Lomello, Adrián.2000).

Ya en su obra “La condición posmoderna”, Lyotard aseguraba que “todo saber que no pueda ser traducido en cantidades de información será dejado de lado”, y pronosticaba profundos cambios en la relación del sujeto con el saber: éste se producirá para ser vendido, se valorará en tanto producto a ser consumido y útil para una nueva producción; será un bien de cambio. Es decir, dejará de ser en sí mismo su propio fin para convertirse en mercancía informacional. Esta idea de mercantilización del saber ancla en la ideología neoliberal de mercado, y hace aparecer a ese saber útil como legitimado por su relación con el poder   (Moguillansky, Rodolfo.2003).

Por  último,  el  mito  de  la  libertad –en  un  mundo  de  control  social- constituye otra zoncera que desciende  del  mismo  árbol  genealógico  de las anteriores: si, en términos de Fukuyama, la democracia liberal constituía la solución final al problema humano y el grado más alto de libertad al que el hombre puede aspirar, esa democracia resulta hoy en día –en especial, en las naciones periféricas, pero también  en  la  mismísima  USA-  irónica- mente un eufemismo demasiado grotesco. Al fin de cuentas, “los nuevos tiempos  han  logrado  vulnerar,  como nunca antes, la privacidad y el secreto.  Paradójicamente,  el  mundo  libre nos mantiene vigilados, nos ha dado los instrumentos necesarios para que nosotros mismos, en la ilusión vanidosa de una soberanía y una libertad ampliamente   escogidas,   podamos participar de nuestro propio control y vigilancia”(Cocimano, Gabriel.2003)

La idea de una mundialización de la democracia liberal no parece ser el producto fukuyamesco de una evolución histórica, sino de “una epidemia de consenso, de una epidemia de valores  democráticos,  es  decir,  de  un efecto  viral,  de  un  efecto  de  moda triunfal. Si los valores democráticos se difunden tan bien, por capilaridad o por un efecto de vasos comunicantes, será que se han licuado, que ya no va- len nada. A lo largo de la modernidad han valido mucho, y se han pagado muy caro. Hoy en día están de saldo, y asistimos a una subasta de los valores democráticos que mucho se ase- meja a una especulación desenfrena- da”(Baudrillard, Jean.1994)



MITOS DE LA SOCIEDAD DE CONSUMO

La sociedad de consumo, como tal, está estructurada jerárquicamente, vale decir, construida desde el poder. La satisfacción de los deseos y las necesidades  individuales  hacia  las  que tiende  el  consumo  son  generadas  a través  de  una  lógica  piramidal,  una ética y estética propias de los sectores hegemónicos. Roland Barthes señalaba que todas las mitologías de la sociedad  de  consumo  se  construyen desde el poder para convertir lo histórico en natural. La sociedad de consumo  está  cimentada  en  un  inmenso proceso de producción de signos, que circulan con el fin de promover y generar  deseos,  necesidades  y  sueños. En el discurso publicitario se hace evidente  el  poder  de  la  ideología,  que impone visiones del mundo a través de mitologías que enmascaran las desigualdades existentes (Vicente Serrano, Pilar.1999).

El perpetuo tópico de la huida de lo cotidiano –y su consiguiente arquetipo, el mito del eterno retorno, el regreso a la naturaleza y la vida alejada del infierno urbano- entronca con un concepto de libertad que va unido al consumo: apela a viejos sentimientos recuperados de una tradición que mitifica una parte del pasado. Esta huida del tiempo profano para recuperar el tiempo primordial y que acentúa un Yo  individual  despreocupado  por  lo colectivo, tiene su explicación en el miedo a lo desconocido, lo inesperado y lo inestable que ha venido de la mano del mito del progreso.

La sociedad  de  consumo  parece  fértil  en  la producción de signos que generalizan deseos en torno a dicho mito: el discurso publicitario –que se construye a partir  del  conjunto  de  los  discursos sociales  de  cada  época-  ha  logrado hoy sacralizar e idolatrar lo material, el Objeto. Así, por ejemplo, los automóviles que pautan los avisos publicitarios ofrecen escapadas de fin de semana hacia el paraíso perdido, otorgan mayor virilidad, libertad o prestigio, y ofrecen las sensaciones que antes estaban reservadas a las personas: nos otorgan afectos, terapias, nos ayudan a superar las inseguridades y a exteriorizar los deseos más ocultos (Vicente Serrano, Pilar.1999).

A fin de cuentas, el discurso publicitario  solo  expresa  –indisociablemente del orden cultural, económico y político- cómo “el mito del regreso a  la  naturaleza  en  versión  burguesa forma parte esencial de las estrategias económicas del industrialismo”, y cómo “la mayor parte de las mitologías radicales  de  los  últimos  años  tienen como soporte el comportamiento de fuga  (...)  el  yo,  la  vida  cotidiana,  el placer, la autoconciencia, las costumbres folklóricas, el ocio, la estética, las modas,  las  minorías  marginales,  los exotismos”(Cueto, Juan.1982).

El  hombre  contemporáneo,  frente al vacío dejado en la cultura occidental por la decadencia de los sistemas religiosos, ha adherido –según George  Steiner-  a  mitologías  sustitutivas. Asimismo,  Gilles  Deleuze  afirmaba que ese mismo hombre produce personajes míticos frente a una religiosidad perdida y a la necesidad de aferrarse a una individuación rígida ante la confusión que produce la pérdida de  certezas  (religiosas,  científicas  y políticas). Aquellas mitologías sustitutivas también constituyen sistemas de creencias, cuerpos de pensamiento o conjuntos de imágenes emblemáticas, puesto  que  la  mente  posmoderna, aunque no esté habitada por ideas religiosas –o no lo esté en el grado que antes sí lo estaba- tiende a pensar con un  criterio  religioso. A  su  vez,  estas mitologías no serían tales en el universo de la posmodernidad al margen de un mundo mediatizado, compuesto por vastas autopistas de la información, una economía en red y la omnipresencia de los medios de comunicación.

Ejemplo paradigmático de estas mitologías sustitutivas es la denominada New Age (Nueva Era), un movimiento difuso, confuso y ecléctico –característica posmoderna si las hay- que toma la forma de un metarrelato planetario portador de vigorosas promesas de salvación, en medio de un mundo desencantado y desdivinizado. Heterogénea, con una mitología simbólica y una base de creencias comunes, la New Age se halla organizada horizontalmente,  sin  jerarquías  precisas,  en oposición a la verticalidad de las religiones  canónicas,  y  prueba  que  los discursos  legitimadores  y  los  relatos de salvación de ningún modo han desaparecido de la conciencia del hombre contemporáneo, acaso porque su existencia  no  sea  accidental,  sino consubstancial  a  la  misma  sociedad humana (Robredo   Zugasti, Eduardo.2000)

Pero este neoespiritualismo no surge de una misteriosa mutación ni de iluminadas  elucubraciones,  no  es neutral sino que aparece condicionado por las nuevas estructuras económicas  mundiales  de  la  sociedad  en red, y que constituyen de alguna manera al individuo-red que la habita. La New Age implica un relativismo –otra premisa posmoderna- que enlaza mística  y  ciencia,  y  suscita  el  auge  de nuevas terapias alternativas, espirituales  y  etno-médicas,  presentando  un ecléctico  atractivo  que  luce  irresistible para el habitante de esa sociedad interconectada. “Si existe una pulsión estética  –hipotetiza  Robredo  Zugasti (2000) - destinada a convertir el cuerpo en un objeto estético (dietas rigurosas,  intervenciones  traumáticas  sobre el cuerpo en forma de cirugías estéticas) así también puede existir, correspondiéndose con ella, una pulsión espiritual  destinada  al  autotrascendimiento  del  mismo  cuerpo  mediante técnicas diversas de ‘expansión de la conciencia’  (disciplinas  de  meditación, psicotecnias simbólicas y otras cirugías espirituales). Algunos han señalado la incidencia creciente de una bulimia  espiritual,  acaso  etiológicamente no muy alejada de la bulimia corporal, caracterizada por un consumo compulsivo de diversas formas de espiritualidad”.  Fusión,  profusión  y confusión  de  géneros  y  simbologías tendientes a exacerbar el rico y atractivo  mundo  de  consumo  del  individualismo posesivo: gusto por lo exótico, un verdadero menú de terapias y psicotecnias,  el  preciosismo  estético de los mandalas, gemas y piedras curativas, los chakras y los cuerpos sutiles del aura, las disciplinas yóguicas y la medicina ayurbédica, forman parte del inmenso y sincrético menú de este espiritualismo new look, ecléctico y a la carta, presto para el consumo aldente e ideado para mantener a toda costa  la  ilusión  de  independencia  y autonomía espiritual, regla eficaz del modelo consumista.
Una vez más, el discurso publicitario –pilar de la sociedad de consumo- muestra los cambios  en  las  mitologías  actuales,  que dan cuenta del final de lo uniforme y del gusto actual por lo barroco, complejo e impreciso, por lo ambivalente y lo contradictorio. Lo bueno y lo malo conviven juntos, igual que instinto y  tecnología,  velocidad  y  seguridad, inteligencia  y  corazón.  La  exageración y lo excéntrico se inscriben junto a lo pequeño, el minimalismo y lo fragmentario. Esta adhesión de la publicidad al relativismo –nunca han sido tantos los términos imprecisos, que implican al receptor para que los descifre a su antojo- contribuye a hacer fluctuar las grandes verdades (Vicente Serrano, Pilar. 1999).

Los  medios  masivos  y  la  industria cultural han contribuido a delinear los rasgos  míticos  de  ciertos  personajes –reales o ficticios- devenidos en modelos ejemplares y que encarnan los deseos y los sueños de toda una sociedad. Según Mircea Eliade, “el hombre sufre la influencia de toda una mitología difusa, que le propone  numerosos  modelos  para  imitar.  Los héroes, imaginarios o no, juegan un papel importante en la formación de  los  adolescentes  (...):  personajes de  novelas  de  aventuras,  héroes  de guerra, glorias del cine, etc.- Esta mitología no hace más que enriquecerse con la edad: se descubren alternativa- mente  modelos  ejemplares  lanzados por modas sucesivas y vemos cómo se esfuerzan en imitarlas”. Detrás de esta mitología difusa subyacen  los  arquetipos,  representados en “las nuevas versiones de Don Juan, del Héroe, del Amoroso desdichado, de  Cínico  o  del  Nihilista,  del  Poeta melancólico (...): todos estos modelos prolongan una mitología y su actualidad denuncia un comportamiento mitológico” (Eliade Mircea.1961).

Pero en la posmodernidad, los mitos o personajes míticos que encarnaban sueños colectivos o utopías solidarias  –Elvis  Presley,  Kennedy,  Evita, el Che Guevara, Superman, entre tantos otros- parecen ir dejando paso, a partir  de  los  dictados  del  consumismo, a la sacralización de los objetos, a su exaltación sublime: consecuencia del desencanto social, se tiende a idolatrar lo material y una visión del mundo que mitifica lo individual y los objetos por ser consumidos. La nueva publicidad  reproduce  los  discursos que privilegian a un individuo personalizado,  diferenciado  e  indiferente de los Otros. Nuevamente, esta ideología es funcional al statu quo: el exceso de énfasis en el individuo anula cualquier perspectiva solidaria. Ahora el conflicto que se plantea es individual,  ni  revolucionario  ni  colectivo, sino de cada cual consigo mismo, con un Yo que se muestra dividido y ambivalente: el nuevo héroe de las mil caras se debate entre opciones distintas, el actual Minotauro –hijo de la Medusa, mitad hombre, mitad toro- coherente  con  un  hombre  dividido,  no oculta sus contradicciones ni sus dudas (Vicente Serrano, Pilar.1999).

Los héroes mediáticos del pasado, como Superman o Batman, han mutado en héroes de nuevo cuño: Indiana Jones es doctor universitario y competente experto en arqueología, lo que encaja en la ética yuppie del performance eficaz. Instalados en esa nueva ética, estos héroes no utilizan armas de fuego ni ostentan poderosos músculos: Mickey Rourke aparece ante el teclado de su computadora entre sus juegos de sadismo light con Kim Basinger en Nueve Semanas y Media 35 (Guber,  Román.1992).  Rocky  metamorfosea en un desencarnado Matrix, Kennedy en Bill Gates y el hippie sesentista –amor y sexo libre- en yuppie, fanático de la computadora, un nerd sin vida sexual, antisocial, y con muy pocos lazos con la realidad.

Los dos grandes mitos políticos que la Argentina le legó al siglo XX, Evita y el Che Guevara –ambos encarnaron el ideal de justicia social en un continente que conoce la opresión y la desidia del poder hegemónico y de sus clases dirigentes- ya no son en la posmodernidad lo que fueron en la realidad  histórica.  Se  han  convertido  en “bienes de consumo, casi de degustación: el afiche con la cara del Che fue un bien de consumo que colgaba de las habitaciones de todos los progresistas  del  mundo. Eva  Perón  es  una imagen romántica asociada al tango.
El teatro, el cine, la televisión, los medios, son monstruos que necesitan alimentarse  constantemente  de  imágenes”  (Vincent,  Manuel.1997).  Hollywood, a su vez, ha contribuido a otorgarle al mito de Evita una proyección internacional al tiempo que, paralela- mente,  el  personaje  real  ha  perdido todo su sentido original.

En tanto, los productos audiovisuales de la sociedad de la información tienen  el  sello  posmoderno:  se  trata de productos difusos, eclécticos e intangibles  “que  poco  o  nada  tienen que  ver  con  los  tiempos  duros  del Quiz Show de Robert Redford. Estos relatos  fluidos,  vaporosos,  profundamente asépticos y bañados con el tamiz de la estética publicitaria, se alejan de los paradigmas narrativos clásicos que se agrupaban alrededor de las dicotomías  bien-mal,  amor-odio,  legalidad-injusticia  o  héroes-villanos, para adentrarse en una geografía convulsa en la que nada es lo que parece y  en  la  que  cualquier  evento  puede suceder porque todo es válido”(Gonzalez Zorrilla, Raúl).

En  la  sociedad  de  consumo,  los productos y las mercancías obedecen a la lógica de la velocidad de circulación, por lo que sus tiempos son breves y volátiles. Es probable, por tanto, que  los  mitos  y  personajes  míticos contemporáneos tengan una vida efímera: los vertiginosos cambios sociales  producen rápidamente sedimentos de la intensa vida cultural del hombre, y nuevos modelos ejemplares sobrevendrán a instalarse en el imaginario social. En tanto representen arquetipos míticos, esos modelos conformarán la estructura en la que el hombre canalizará  sus  sueños  colectivos,  ya que “el mito es un significante incompleto que los consumidores se encargan de llenar de sentido”(Lewin, Hugo.2000).

TECNOMITOS

La sociedad contemporánea ha ido creando y recreando -a la par del soberbio  desarrollo  tecnológico-  sus propios relatos y narraciones míticas, disfrazadas con los ropajes de las nuevas alegorías de la cultura tecnológica. La obsesión del cuerpo por convertirse en máquina aparece como tópico central en la cultura contemporánea:  del  doctor  Frankenstein  a  toda una nueva estirpe de monstruos, como Terminator y Robocop, surge “el deseo de deshacerse de la carne y habitar el espacio inmaterial de las comunicaciones  digitales.

El  anhelo  de escapar a la prisión orgánica tiene su origen  en  el  gnosticismo  del  siglo  II DC, que consideraba al cuerpo como un  cadáver  provisto  de  sentidos, así como en la tradición puritana del cris- tianismo victoriano. A estos antiguos miedos se ha sumado un renovado temor al cuerpo y la sexualidad, propio de    la era del sida”    (Yehya, Naief.1997). Jaron Lanier, en su optimismo  tecnológico,  afirmaba  su  deseo de “trascender los límites injustos del mundo físico, frustrantes y contrarios a la infinitud de la imaginación” y de “convertirse en máquina para no tener que morir”: el eterno tópico de la inmortalidad y la eternidad en su versión contemporánea cibernética.

El cuerpo maquínico es sin dudas uno  de  los  tecnomitos  de  la  cultura contemporánea, pues conjuga el deseo de eternidad, el de perfección (deseo  narcisista  y,  a  la  vez,  escópico) con la noción de carácter erótico, vale decir, el cuerpo inmortal convertido en máquina de placer. Hiperhedonismo producto del sex appeal de la tecnología pero también, sin dudas, de la convalidación del placer a causa del derrumbe de las grandes doctrinas religiosas y sus obligaciones hacia Dios.

Otro de los tecnomitos recurrentes parece ser aquel del hombre convertido  en  herramienta  de  la  tecnología. Un   cuento   de   William   Gibson, “Johnny Mnemonic”, retrata la historia  de  un  traficante  de  información, un depósito viviente de datos: no sólo vive en una sociedad hipertecnológica, sino que él mismo es un ser tecnológico. El protagonista es una enorme metáfora del ser humano actual: “Yo llevaba cientos de megabytes guardados en la cabeza, en una base informática del tipo idiota/sabio, a la que no  tenía  acceso  consciente”.  Johnny está en la cresta de la ola, maneja la mercancía más preciada: datos, pero al igual que el hombre actual, no tiene acceso a ellos.
El caudal de información es tal que escapa a las posibilidades del hombre: “Temas gigantes como  meteoritos,  noticias  de  imponente  verdad  quedan  sin  atender  y pasan  a  engrosar, peligrosamente, la bolsa  del  inconsciente  colectivo”. Johnny posee la información, pero no el conocimiento, superado por la avalancha vertiginosa de datos. La paradoja  es  que  el  hombre  contemporáneo  tiene  toda  la  información  al  alcance de su mano, pero no tiene forma de clasificarla más que apelando a un método empírico y arbitrario: como el hombre posmoderno, ha perdido la capacidad de encontrar una tabla de valores que le permita reelaborar la información y acceder al conocimiento. El hombre es un simple re- ceptáculo de la tecnología, una mera herramienta sin otro sentido más que contener  información: en  verdad,  se ha transformado en la herramienta de su herramienta ( Del Jonny.2002).

Optimistas o apocalípticas, las nuevas  mitologías  asociadas  al  fecundo desarrollo  tecnológico  están  inspiradas en los miedos, expectativas y temores que supura la actual sociedad de la información. Paul Virilio plantea el mito de la domesticación del cuerpo humano por la tecnología a través de  la  miniaturización  cibernética:  si antaño el desarrollo de la técnica se dirigía al horizonte terrestre y a la extensión geográfica en la era de las megamáquinas  (trenes,  vías  eléctricas, sistemas hidráulicos y viales), “lo que ahora se inicia es la época de los componentes mínimos (...) la intrusión intraorgánica de la técnica y sus micromáquinas  en  el  seno  de  lo  viviente (...) Luego de la revolución industrial, se inicia la ultimísima de las revoluciones, la de los trasplantes, el poder de alimentar el cuerpo vital con técnicas estimulantes, como si la física (la microfísica) se aprestara en lo sucesivo a hacer la competencia a la química de la nutrición y de los productos dopantes” (Virilios, Paul.1996).

La emergente cibersociedad planetaria ha planificado diversas teorías imbuidas de un optimismo  visceral,  tales  como  las ideas de Robert Jastrow y Hans Moravec  de  bajar  o  downlodear  mentes humanas  a  circuitos  integrados  y  la utopía  de  quienes  esperan  subir  o uplodear conciencias a la red, sin dudas  perneadas  de  tecnomisticismo  y de  un  anhelo  pueril  por  alcanzar  el paraíso del conocimiento absoluto, la inmortalidad y el sexo extracorporal a través de las líneas telefónicas (Yehya, Naief.1997).

Una infinidad de relatos fantásticos –que contienen diversas dosis de misterio y asombro inherente al hombre de todos los tiempos- han calado en forma de tecnomitos en el inconsciente colectivo del individuo contemporáneo. Relatos verosímiles que recorren los laberintos inciertos de la imaginación,  fábulas  que  saturan  la  red de redes y son recreadas, reformuladas  o  redefinidas  permanentemente por la infinidad de medios de comunicación y aprovechadas por la industria cultural.

En su novela “El mundo perdido”, Michael Crichton pone en boca de uno de sus personales el siguiente discurso: “Hemos perdido los mito antiguos. Orfeo y Eurídice, Perseo y Medusa. De modo que los hemos sustituido por tecnomitos actuales (...) Uno es que hay un alienígena vivo en un hangar de la base aérea de Wright-Patterson. Otro es que alguien inventó un carburador con un consumo de un litro por cada sesenta kilómetros, pero los fabricantes de automóviles  compraron  la  patente  y  la mantienen archivada. También está el cuento de que unos niños adiestrados por los rusos en técnicas de percepción extrasensorial en una base secreta  de  Siberia  son  capaces  de  matar con la mente a personas en cualquier lugar del mundo. O la fantasía de que las líneas de Nazca, en Perú, son un aeropuerto  para  naves  espaciales. Que la CIA propagó el virus del sida para  acabar  con  los  homosexuales (...) Que en Estambul existe un dibujo del siglo X que representa la Tierra vista desde el espacio. Que el Instituto de Investigaciones de Stanford encontró a un individuo que resplandece en la   oscuridad”   (González   Zorrilla, Raúl).

El individuo del tercer milenio, impotente ante la presencia de la Gran Trama comunicacional, económica y cultural,  parece  ver  en  el  hacker  al nuevo  héroe  de  la  cultura  digital, aquel capaz de desenmarañar la confusión que viaja a través de las redes informáticas, y cuya destreza consiste en poseer una lógica difusa a partir de la cual extraer conclusiones fiables. El pirata electrónico convertido en héroe contracultural, parece poseer la llave de un conocimiento vedado al hombre común, para de esta manera enfrentar  y  neutralizar  a  la  hegemonía del  sistema.
La  aparición  en  escena del  caso  Napster  –aunque  tiempo después de su surgimiento fuera sancionado  por  la  justicia-  jaquea  los principios de la economía neoliberal, porque comienza a destruirse la posibilidad de que la red sea parte de la nueva  economía,  donde  la  información  digital  también  sea  sometida  a las leyes del mercado. Este software, que permitía a los usuarios el acceso rápido y sencillo a miles de grabaciones en MP3, en forma gratuita y para uso personal, logró desafiar el orden establecido,  tal  como  lo  entrevió  su joven creador, e hizo realidad –al menos  por  un  instante-  algunos  de  los mitos construidos en torno a la red: el mito de la libertad de expresión, el de la libertad de mercado –intercambio gratuito,  por  lo  que  no  hay  transacción  comercial-  el  mito  de  la  abundancia de información y el de la de- mocratización de la información, vale decir, la libre disponibilidad de archivos en la red, lo que abre la posibilidad de una gran biblioteca global al servicio de todos los usuarios (Lomello, Adrián.2000).
El optimismo tecnofílico pronto se diluyó con la caída de Napster, pero la batalla por la gratuidad  la  siguen  librando  miles  de  héroes contraculturales en pos del triunfo definitivo y total.

Los  medios  de  comunicación  han creado   una   realidad   (electrónica) inundada de imágenes y de símbolos que provocan el desvanecimiento de cualquier realidad objetiva que se esconda detrás de ellos. Un mundo virtual en contraposición al mundo real, el mapa versus el territorio, para mencionar la fábula de Jorge Luis Borges. En una de sus teorías, Baudrillard afirma que vivimos precisamente dentro del mapa –lo virtual-, y no en el territorio  –lo  real-;  nuestro  mundo  está convirtiéndose en un mundo de simulación  que  genera  modelos  realistas que no son reales ni tienen orígenes en la realidad, y que en ese mundo ya no es posible distinguir lo imaginario de lo real, el signo de su referente, lo verdadero de lo falso (López Arellano, José.2000).  “La  virtualidad  es,  para muchos, el mapa que precede al territorio,  la  quintaesencia  de  la  simulación, la crisis de lo real, el accidente global que sustituye lo real por el simulacro operacional” (Jiménez Gatto, Fabian).
Aquel  mundo  de  simulación  conduce al mito de la disolución del sujeto tal como éste era concebido en la modernidad. En esta última, el sujeto vivía en el territorio, y se constituía en centro como actor social y conciencia autónoma.  Pero  en  el  sujeto  actual –habitante  del  mapa-  los  conceptos de  autonomía  y  voluntad  individual son impensables porque aquel ya no mantiene  ninguna  relación  objetiva –ni siquiera alienada- con su entorno. A partir de esta indiferenciación de lo virtual y de lo real, los hermanos Wachowsky apuntan en The Matrix –casi el correlato fílmico de la teoría de la simulación- al mito antedicho: “Has  vivido  dentro  de  un  mundo de sueños, Neo (...) La totalidad de tu vida ha transcurrido dentro del mapa, no del territorio” (Giménez Gatto, Fabián).

En la posmodernidad, ciertos mitos, como los de la temporalidad –la eterna juventud, el eterno retorno, los mitos de la abundancia para perpetuar el tiempo- se han reciclado y actualizado y, a su vez, han surgido nuevos metarrelatos  asociados  a  la  cultura tecnológica: el hombre en el espacio virtual, el de la metamorfosis del cuerpo en máquina, el de la aceleración. Los mitos de nuevo cuño aparecen ligados a la sociedad de consumo: los medios masivos y la industria cultural contribuyen a delinear rasgos míticos que devienen en modelos ejemplares y encarnan los deseos y los sueños de toda sociedad, se trate de personajes o de objetos de consumo. Todo un signo de época, en la que se sacraliza e idolatra lo material.

Es evidente que el hombre  actual  ha  experimentado  la necesidad de reactivar las creaciones míticas o de reinventarlas porque, como afirma Roland Barthes, “todos somos descifradores, creadores y consumidores de mitos”.

Escrito por  Gabriel Cocimano  


JUAN JOSE GIL: docente policía

jueves, 15 de octubre de 2009
Reflexiones de una Docente sobre el caso Gil.

Durante muchos años el ex docente Juan José Gil se desempeñó como Profesor de Matemática, Física y Química en varias escuelas de la Ciudad de Reconquista y de Avellaneda (Edem 203, EET 461, EMPA 10209 y tambien ejerció un cargo de Vicedireccion de Escuela Media para Adultos de la misma ciudad.
Su accionar docente tuvo que ver, siempre, con el miedo, la arbitrariedad y cierto tipo de “fuerza” que aplicó tanto a sus alumnos como a sus pares docentes.

Hubo intentos de algunos docentes de luchar contra este tipo de conducta. En el año 1998, la entonces Directora del Empa 1020, Prof. Silvia Gauna, inicio acciones de seguimiento y de denuncias frente a estas situaciones, pero luego de 4 años, el Subscretario de Educación Prof. Carlos Cantero concluyo la investigación alegando “inexistencia de responsabilidades” para el docente Gil. Pero en el año 2004, un grupo de alumnos de la escuela Media 203, junto a sus padres, directora y autoridades educativas, en una democrática acción colectiva y en un claro ejercicio de ciudadanía, decidieron romper el silencio y hablar. Y así se sucedieron los hechos:

Por una denuncia de un grupo de alumnos y ante insistentes arbitrariedades con las evaluaciones practicadas por Gil en la EDEM 203 de Reconquista, la Supervisión de Enseñanza Media Prof. Estela Pietropaolo, inicia acciones técnico- legales y pedagógicas hacia el mencionado docente sosteniendo una imputación: arbitrariedad, autoritarismo y “delirio” en sus clases (Expediente del MEC Nº 00412-001976-2).

Las autoridades ministeriales de ese momento, aunque con mucho temor y dudando de los procederes de la supervisora, acceden al pedido de inicio de sumario, el que concluyo con la cesantía en todos los cargos del Profesor Luis Gil y la inhabilitación por cinco años para integrar listas de aspirantes a suplencias en horas y cargos del nivel medio. Y para dimensionar hasta donde el miedo que generaba este ex policía devenido en docente, sólo corresponde señalar que el dictamen de la junta de disciplina lleva por fecha el año 2007, pero las autoridades del gobierno de Obeid prefirieron no efectivizar la sanción y otorgarle a los que le sucedían, Hermes Binner y Frente Progresista Cívico y Social, el privilegio de sancionar a un docente represor.

Asi lo hicieron a solo un mes de asumir esta nueva gestión (Enero 2008) La nueva y actual Delegada Regional Leonor Peña tampoco se animó a notificarlo a este docente de la sanción merecida y solicito a las autoridades ministeriales que sí lo hagan. Y es así como, con fecha 10 de junio de 2008, las escuelas donde él tenía sus cargos y horas fueron notificadas por el Director General de Recursos Humanos del MEC Alejandro Galetti de esta cesantía.

Hoy el ex policía y ex docente Juan José Gil goza de los beneficios jubilatorios y en el momento de escribir el presente articulo, “descansa” en una celda de la Unidad Regional IX de Policía de Reconquista, como resultado de un allanamiento producido en su domicilio por la Policía Aeroportuaria del estado nacional (los equipos especializados del gobernador Hermes Binner no pudieron resolver la situación) a raíz de denuncias practicadas por algunos ciudadanos y por la Asociación Norte Amplio por los DD HH de la ciudad de Reconquista, por motivo de circulación de mails anónimos firmados La Hermandad” que difamaban a personas (entre ellas a la misma supervisora Estela Pietropaolo, hoy tambien sumariada por las actuales autoridades del Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe, por “falta de idoneidad” y “por desconocimiento de la normativa”, tambien a Raul Borsatti autor del Libro “Solo digo Compañeros” donde denuncia la actuación de Gil en la época de la dictadura militar en la Guardia Rural Los Pumas) y a instituciones y autoridades del ámbito judicial y social: Fiscal y jueces y testigos intervinientes en la causa por delitos de lesa humanidad en la 3era Brigada Aérea de la ciudad de Reconquista y con amenazas de muerte para algunos de ellos.

Creo que es necesario reactualizar y definir algunos costados de esta situación que inevitablemente están unidos al presente. Y desde este lugar me pregunto:

• Por qué cuesta tanto a algunos argentinos entender que si alguien ha sido represor en el periodo mas oscuro de la Argentino, no lo será tambien en el aula? Por que las autoridades –de cualquier signo político- le tienen miedo a la época de los 70?

• Por que la actividad sindical –como la Delegacion Seccional del Departamento Gral Obligado en la figura de la Delegada Departamental  considera que estas cuestiones son “políticas” y no deben ser tratadas en el ámbito gremial, habida cuenta de que nunca permitió la reflexión sobre el accionar del policía y docente Gil junto con los otros docentes del Departamento (pero si puso a disposición de èl el abogado del Gremio?

• Cómo se lucha individualmente, sólo, contra un “represor” o contra “la represión” si hasta los ámbitos de lucha colectiva confunden “la política” con “lo político”?

• Cómo se aprende con un docente de ideología fascista? Y no porque la ideología sea un problema para aprender, sino porque la concepción que tengamos del OTRO es indispensable para educar…..
• Desde dónde podemos garantizar que nuestros adolescentes no se sigan formando en y con la cultura del miedo y el terror?

• Cuando devolveremos a las jóvenes generaciones la posibilidad de ser sujetos de derechos y no objetos del abuso de poder o de la injusticia o de la corrupción?

El caso y la situación de Juan Jose Gil debe, a TODOS los actores de la educación, ayudarnos a pensar fundamentalmente 2 cosas:

1.que el autoritarismo no construye. Anula toda posibilidad de crecer, de estudiar, de vivir y generalmente se edifica sobre el miedo, ese viejo recurso de manipulación

2.que la lucha por el sostenimiento de la democracia no se da solo contra los gobierno dictatoriales. Se debe dar, en cada uno de los ámbitos de la vida ciudadana y en cada momento, en cada minuto de vida que tengamos y contra las situaciones mas insignificantes o mas exageradas que lleven el germen del autoritarismo y la falta de respeto por el otro.

Y si hoy, a ambas cuestiones, a la manera de un juego frente a un espejo, las ponemos frente a él, seguramente nos devolverá la imagen no de ser portadas por un docente autoritario sino por la de alguna(s) autoridad(es) del Ministerio de Educacion de la Provincia de Santa Fe que sin duda alguna podemos pensar que para ellas EL OTRO tampoco ocupa el lugar de respeto y consideración que el acto educativo reclama.

Pero afortunadamente los mecanismos de nuestra Justicia nacional, esta vez actuaron. Y movidos, seguramente por la certeza de que la democracia se sostiene con la verdad, fueron a la búsqueda de ella y comprobaron que: los mail anónimos podrían tener como autor al ex policía y ex docente Juan Jose Gil y que el mismo resguardaba en su casa no sólo numeroso y copioso material bibliográfico y de producción propia a favor de la dictadura militar sino numerosas armas –escopeta, revólveres- que alguna vez depositara en algún escritorio de un aula de Escuela Media para Adultos, para dar clase mas “cómodamente”

Sigue siendo ocasión de seguir pensando que relación existe entre policía y docente (o entre autoritarismo y educación)

Basta: lo no dicho - chat

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