Últimas palabras

jueves, 25 de septiembre de 2008

No miré por la ventana al despertarme, cerré los ojos y vi el cielo, tal como yo quería verlo, así, con dos capullos de algodón bordeando el sol. Peiné mis cabellos que la almohada había hecho suyos por un rato; encendí la hornalla de la cocina, apoyé la pava, su lento rechinar me acompaña; la radio siempre presente, el sonido, una pareja de torcazas que mañana a mañana se posan en el cerezo de mi vecina. Me acerqué a la ventana, el mate ya listo humeaba, lo levanté sosteniéndolo en la mano derecha y, con un gesto de admiración hacía aquellos seres indómitos, los saludé.


Mi casa, un despilfarro de atorrantes vestimentas que nunca se acomodan, chica para dos, grande para mi solo, con amplias ventanas en la cocina, la pieza que espera en una parte de la cama de dos plazas que guardé para ella, una mesita de luz en cada lado, un pequeño jarrón con agua por si me da sed por las noches, un ropero que no se da cuenta de su utilidad, y un par de libros empezados.


Nuevamente al lápiz, garabateo un rato, disimulo el pensar del sueño y me prendo a la maquina. Ella trabaja sola, mis manos no se mueven, inquieta, taciturna, diagrama una y otra línea y va, punto y raya, guión y sigue; frenética, discursiva, sólo ella, inexplicablemente se mueve. Quizás piensa, o soñó alguna vez todas las cosas que nunca, o que siempre quiso que escribieran con ella y sobre ella. Inexpresiva, compulsiva, sin sentido, llena de afecto, odio, risas y lagrimas, casi perfecta. Ella lo quiso así porque se cansó de que tanto idiota apriete una a una sus teclas y no digan nada. Ella que casi no siente, que casi no ve, se cansó. Terminó de escribir, se sacó las hojas, cerró su cierre relámpago y nunca más volvió a escucharse su tac-tac.


Pensé un minuto en lo ocurrido, júzgueme los valores y decidí respetarla. La tomé con mis manos, le pasé una gamuza amarilla para sacarle el polvo, la empaqueté en una caja de cartón, la encinté y finalmente la sellé. Abrí el viejo armario del abuelo, pensé en decir unas palabras, las obvié, y la guardé.


Germán Crudeli

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Palabras encerradas en caja.Igual que sentimientos esconditos en el corazón. Cómo melacolia se los nombra el futuro.

Basta: lo no dicho - chat

http://www.meebo.com/rooms

FeedBurner FeedCount