La patria simbólica

sábado, 10 de mayo de 2008

Hace poco más de un mes y en medio de su máximo auge, el campo suspendió, sin razón aparente más que las cosechas, la protesta de la cual la mayoría de los argentinos nos habíamos hecho eco.

Confieso que en un primer momento sospeché del movimiento que había cobrado en la gente, en el pueblo en sí, no ya en los originarios del reclamo sino en todos los demás. La sospecha se funda en asistir a varios movimientos populares que, más allá de irrumpir en el cambio de un presidente, como sucedió el 20 y 21 de diciembre de 2001, no abarcan o no atañen la cuestión de fondo que sería un cambio de sistema político y/o económico. Es el neoliberalismo que Argentina tiene como modelo hace más de 30 años, (desde los militares) profundizado luego en la década de Menem la que nos ha llevado a esta lamentable situación.

Es cierto que en estos últimos años, el tipo de cambio y una recuperación económica mundial, así como la apertura de nuevos mercados de exportación como China e India, han producido que ciertas capas de la población (como el campo) obtengan notables beneficios. Sin embargo, también es cierto que el proceso de concentración de las tierras hace que ese beneficio quede en manos de unos más pocos aún, que además, aumentan el sentido neo concentrador excluyendo a los demás productores agrarios de esa notable ganancia. El crecimiento existe, eso es verdad y, por la teoría del derrame, el gobierno piensa que beneficiaría a la población toda. Claro que sin políticas distributivas concretas y sin planes a largo y a corto plazo de producción agropecuarias, todo crecimiento es fatuo, puesto que las ganancias se las llevan los grandes grupos empresarios que, por otra parte, no son argentinos y, por ende, no vuelcan su ingreso en el país. Es decir, el dinero se va.

Por otra parte, no se constituyen empresas de mano pesada propias, tampoco caminos nuevos, ni siquiera una mejora en infraestructura que le permita al país tener un ritmo de crecimiento constante.

Ahora bien, en relación al movimiento popular en apoyo al campo, los cortes, los cacerolazos, pero en especial, el reclamo de los que poco tienen que ver con el campo, izando banderas de, no sólo mejoras para el sector agrario, sino en educación, salud, igualdad, acceso a la información, y demás cuestiones que se plantearon en las tantas asambleas ciudadanas, me parecieron, en un primer momento alegres, esperables, y entusiastas. Sin embargo, en una segunda mirada, noté con cierta desazón que se trataba de un grito desesperado sin mucha dirección.

El pensamiento y la cultura de un pueblo demasiado acostumbrado al silencio no se cambia en un solo grito desesperado, en un solo cacerolazo, en una única demostración de “aquí estamos” en una sola voz. Aunque no niego que podría ser un buen comienzo, el pensamiento de un pueblo, la política, la cultura, la voz de un pueblo se recupera desde lo bajo, desde las pequeñas instituciones barriales, desde las discusiones entre grupos de amigos, en la familia, en la propia comunidad. El interés popular se recupera haciendo que la gente se, precisamente, interese por lo suyo, se preocupe y se ocupe de lo que sucede en su barrio, en su pueblo, en su escuela, en su municipio, en su…

El país es nuestro, no del gobierno. El gobierno sólo debería representarnos. No los elegimos por un concurso de popularidad. Los elegimos porque deberían regir los destinos de todos nosotros en buena forma. La patria simbólica existe en la medida en que nosotros nos veamos representados en ese símbolo. En verdad, la patria no puede ocupar más lugar simbólico que el que nosotros le damos, sino la patria muere, primero como símbolo, luego como patria real.

Germán Crudeli

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