La caminata

jueves, 3 de enero de 2008

Cuando era niño comencé a buscarte y ese comienzo se volvió, en primera instancia, una búsqueda platónica, meramente del mundo de los sueños. Pero con el correr de los años se hizo terrenal, literal, por así decirlo. Fue entonces cuando decidí que para hallarte debía caminar, y empecé a hacerlo.

Así es como, caminando, un día te encontré. Sin decirte nada me miraste a los ojos, luego bajaste tu mirada recorriendo mi cuerpo. Al llegar a las rodillas te detuviste y retornaste tu mirada en ascenso nuevamente hasta mis ojos y dijiste. -¿Por qué te viste con esas ropas? –Sin entender bien a que te referías contesté:-Soy yo, mis ornamentas sólo me disfrazan, puedes verme bajo ellas y seguiré siendo yo, ahora tu. Eres tu a quien he estado buscando, ¿tu te has encontrado en mí? –y sin decir nada, se alejó.

Continué entonces mi camino, por momentos me detenía a dormir o comer, a veces tocaba la guitarra o escribía cuentos en mi cabeza. Otras miraba hacía atrás creyendo haberte encontrado y no haberte visto, otras pensaba que mi caminar se hizo muy sinuoso y tal vez desvié el camino. Sin embargo seguí. Con el tiempo las piernas me fueron creciendo, el cabello de igual forma; me nació barba y la mochila de libros se agrandaba aún más, pero no podía hallarte. De a ratos me desesperaba y preguntaba a la primera que pasaba, ¿Eres tú? ¿Eres tu a quién estoy buscando?, la mayoría de las veces ni me contestaban, otras me decían que sí y caminaban un os pasos conmigo, pero siempre tropezaban o se les cortaba el cordón o les parecía que había otros caminos.

No me amedrenté, aunque fui entristeciéndome. Habían pasado varios cortes de pelo, me había cambiado la ropa, afeitado la barba ya en muchas oportunidades, había visto tantos amaneceres, y acumulado tantos objetos, que el peso era demasiado, pero no quería dejar nada de ello. Hasta que te encontré. Me miraste también a los ojos, y sin decirme nada, bajaste tu mirada hasta mis pies, sin despegar tus ojos de ellos dijiste: -¿Por qué calzas eso en tus pies? –Sin entender que querías decir respondí- Soy yo, mis ornamentas sólo me disfrazan, puedes verme bajo ellas y seguiré siendo yo, ahora tu. Eres tu a quien he estado buscando, ¿tu te has encontrado en mí? –y sin decir nada, se alejó.

Me costó bastante volver a caminar, el peso se había incrementado demasiado, y aunque cabizbajo retomé la marcha deshaciéndome de objetos, caminando por otros lados, sorteando nuevos charcos sin mojarme, atravesando muros muy altos, y arrojando de las montañas todas las cosas que me estorbaban el paso. Y poco a poco fui parándome de nuevo, y retomando mi paso.

Canté nuevas canciones, leí nuevos libros, viví nuevas aventuras, tomé nuevos mates, pero ya no representaban una carga, pues a cada persona que encontraba en el camino le dejaba algo. Una poesía, un pensamiento, a veces le contaba un dolor o una experiencia, otras les cebaba mil mates o sólo los escuchaba. Fui tomando y dejando cosas, momentos, objetos, pasiones, dolores, en fin, los fui compartiendo. Entonces te encontré, no eras la primera, mucho menos la segunda, ni siquiera la tercera. Eras la de siempre, la que siempre busqué. Y, sin decirme nada, me miraste a los ojos y me dijiste: Eres tú al que he buscado, ¿tu te has encontrado en mí? –Un poco asombrado por la pregunta miré hacía los costados y le pregunté- ¿Dónde estamos?- En casa, siempre estuvimos en casa- dijo.

Germán Crudeli

12-08-07

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